jueves, 9 de agosto de 2007

Nietzsche desde el marxismo

Osvaldo Fernández

Qué se puede decir en tanto marxista de Nietzsche? ¿Es Nietzsche una lectura posible desde este otro horizonte? Son las preguntas que yo me hago y me parece son las preguntas que atraviesan y estremecen el libro de Hernán Montecinos, Nietzsche, un siglo después, dado que él se ubica en la otra orilla, en donde están los que se confrontan con Nietzsche. A tal punto le inquieta esta problemática que le dedica un capítulo especial: el capítulo X.

Estas preguntas contienen ya en si mismas una problemática puesto que desde una ortodoxia marxista oficial, tal contigüidad ha sido siempre pensada como imposible, dado el carácter aristocrático del pensamiento de Nietzsche, y dado el hecho de que hubo a causa de los abusos de su hermana una confusión entre algunos conceptos de Nietzsche y la ideología nazi. Aspecto muy bien tratado en el capítulo III que habla de los malentendidos y la impostura.

Ninguno de los grandes momentos codificados de la historia de las ideas marxistas, ni el socialdemócrata de fines del siglo XIX, ni el estalinismo de mediados del siglo XX, admitió tal proximidad. Pero quien cumplió la labor filosófica de condenar a Nietzsche, “desde un punto de vista marxista”, fue George Lukács en Asalto a la razón, libro en que pasa revista a toda la moderna filosofía desde el criterio de la Razón, aun cuando no se interroga nunca por la Razón que defiende, ni nada dice acerca de la que propone.

Habría, no obstante, que comenzar por escapar a la incompatibilidad señalada. Sacarla de las interpretaciones que se han hecho tanto de Marx como de Nietzsche, para situarla dentro de la significación e incidencia que ambos autores tienen con respecto al pensamiento del siglo XIX, como base de nuestra actual manera de pensar. Es decir, cómo ambos repercuten en los siglos posteriores.

Habría que comenzar por el hecho de que Marx y Nietzsche se sitúan en una misma perspectiva cultural; a saber, el período crítico y de plena decadencia de la Razón moderna. Ambos autores, para poder pensar, se sitúan fuera del espacio protegido por la razón moderna y sus ideologías; pensando ambos a la intemperie. Así, mientras Marx denuncia el fetichismo del equivalente general, Nietzsche piensa la filosofía, la religión y la cultura a partir de la idea de la muerte de Dios y el nihilismo. Es decir, fuera del espacio protegido por la metafísica.

Tanto Marx, Freud y Nietzsche son autores malditos, incómodos, y sus pensamientos son subversivos por cuanto destruyen la imagen del mundo que trata de imponernos el mundo capitalista. Para ellos no hay fin de la historia. Tanto Marx en la Ideología alemana como Nietzsche en su segunda Consideración intempestiva, aquella que habla “de la utilidad de los estudios históricos”, destruyen la idea de la historia como continuum o como eterno progreso. Ninguno de ellos admite la lectura que Fukuyama hace de la frase de Kojeve, “el fin de la historia”. Perturban las ilusiones del progreso de la misma manera como Freud perturba las de la moral.

Dada la crisis del socialismo a comienzos del siglo XX, no es inusitado que las ideas de Nietzsche reaparecieran en el horizonte marxista, en especial en aquél de los años veinte, cuando los intelectuales marxistas se esforzaba por liberarse de la carga positivista heredada de la ideología de la socialdemocracia. Es entonces, cuando tal liberación se había hecho posible, que nos encontramos con Nietzsche entre los pensadores que surgen en tal atmósfera. Por eso hallamos una influencia nietzscheana en el pensamiento de Mariátegui, quien reflexiona desde una perspectiva marxista construida fuera de la órbita de la Razón moderna, lo que en su propio lenguaje se traducía en un espacio de reflexión que lo colocaba fuera del pensamiento de la socialdemocracia alemana.

Se puede comenzar por las huellas visibles de esta influencia, tales como el uso de la noción de “voluntad de poderío”, o las citas expresas a Nietzsche que aparecen en los 7 Ensayos. Pero independientemente de estas huellas visibles, tal influencia se encuentra en especial en la reflexión que hace durante el año 25 a propósito del mito y el logos. Tal como Nietzsche, en sus primeros escritos (El origen de la tragedia y Consideraciones intempestivas) promueve lo dionisiaco para contrarrestar y superar el racionalismo platónico; Mariátegui critica la incapacidad de la Razón para satisfacer las necesidades de una época que amanecía. El racionalismo decimonónico que surgiera triunfante de su combate contra los antiguos mitos, no tiene, sin embargo, una respuesta total a las necesidades humanas. De ahí que los tiempos que se avecinan, dice Mariátegui, adolescan de esta carencia. Esto ocurre en particular durante el período postbélico en que vive JCM, es decir en la segunda década del siglo XX. Son tiempos que requieren de nuevos mitos y Mariátegui se afana por pensar el marxismo desde esta perspectiva. Está consciente que el movimiento revolucionario requiere nuevos mitos. Busca signos, muestras de lo que tales mitos y tal espíritu debiera ser. La misma influencia puede ser detectada en el pensamiento de Walter Benjamin, cuya consideración acerca de la historia se remite también a las Consideraciones intempestivas de Nietzsche, en particular a la II Intempestiva. En su empeño por pensar la historia fuera de la idea de progreso, establece una constelación de referencias en donde sitúa a Nietzsche, Blanqui y Baudelaire. La lista de quienes después, desde el horizonte marxista o vinculados a él se han ocupado de Nietzsche es más larga de lo que suponemos. Desde ya una lectura contemporánea de Benjamin se ha tropezado con él.

El libro de Hernán Montecinos se ocupa de Nietzsche ahora que vivimos una nueva crisis del socialismo, lo que nos ha permitido salir del círculo cerrado de la ideología estalinista. Su mérito, colocar de nuevo entre las lecturas que hemos olvidado o postergado a este autor, que por otro lado, junto con Marx, Gramsci, Mariátegui, Benjamin, forman parte del bagaje filosófico y cultural que nos permitiría escapar al pesado peso ideológico de la Razón Moderna, prolongada por la imposición del pensamiento único que nos impone.

¿Por qué es saludable leer hoy, a comienzos del segundo milenio, a Marx y a Nietzsche? ¿Por qué se hace necesario hoy, “romper” con la visión “ptolemaica” del mundo impuesta institucionalmente por la Razón moderna? ¿Cómo romper esta concepción, cómo “quebrarla”, de qué manera? ¿Por qué esta ruptura es saludable para nosotros que vivimos en plena incógnita “postmodernista”? ¿Debemos esperar aquí una respuesta general o hay respuestas particulares, especificas, atingentes a un campo preciso de la pregunta? Desde un punto de vista general es legítimo plantearse, ¿en qué es mejor una visión del mundo que rompa con la impuesta por la razón moderna? ¿Es que aquello puede salvarnos y disipar las tinieblas actuales? Estamos, como diría Nietzsche, en plena mar, no sé si con tormenta o sin ella, pero de seguro con un tiempo amenazante, ¿qué nos garantiza de que no naufraguemos ?

Presentación de Osvaldo Fernández Díaz, doctor en Historia de la Filosofía, al libro Nietzsche, un siglo después, de Hernán Montecinos, lanzado en la Biblioteca Santiago Severín de Valparaíso.

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